He pasado más de quince años en la industria energética, en el terreno donde se deciden las inversiones: portafolios, evaluación de proyectos, estimación de reservas, planeación financiera, yvnuevos negocios. Es un mundo que confía profundamente en el rigor
técnico, y con razón. Durante buena parte de ese recorrido creí que un análisis suficientemente sólido bastaba para que una decisión avanzara. Con el tiempo empecé a observar otra cosa: las decisiones que se detenían no eran los que tenían un mal caso de negocio, sino aquellas en las que había conversaciones que nadie tenía. Peticiones que no se hacían, juicios que no se compartían, promesas que quedaban ambiguas. El número era impecable y el resultado no llegaba.
Hoy acompaño a directivos y equipos que enfrentan decisiones de alto costo y alta incertidumbre. Mi trayectoria me permite sentarme con ellos sin traducir: conozco la presión de un comité directivo, el peso de un compromiso de resultados, la soledad de quien tiene que decidir con información incompleta. Desde ahí me pongo a su servicio, no para darles la respuesta, sino para ayudar a ampliar el espacio desde el cual la buscan.